INFORME ESPECIALEl duelo del siglo: Estados Unidos y China se disputan el dominio de la inteligencia artificialChina -que inauguro hoy su Conferencia Mundial sobre Inteligencia Artificial 2026- sufrió su humillación en 2017, cuando AlphaGo venció a su campeón de Go. Estados Unidos recibió la suya en 2025, cuando DeepSeek sacudio a Nvidia. Desde entonces, la disputa por la IA se pelea en al menos 5 frentes: chips, electricidad, dinero, cerebros y robots.

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El mejor jugador de Go del planeta lloró frente a las cámaras el 27 de mayo de 2017. Ke Jie tenía 19 años y acababa de perder la tercera partida consecutiva contra AlphaGo, un programa de la británica DeepMind, propiedad de Google, en un torneo celebrado en Wuzhen, al sur de Shanghái. El Go se inventó en China hace más de 2.500 años y su élite lo consideraba un territorio donde la intuición humana era imbatible. Las autoridades chinas restringieron la transmisión en directo del torneo. La derrota se vio igual.

Kai-Fu Lee, el inversor que dirigió Google China, llamó a ese episodio el momento Sputnik de China. Menos de 2 meses después, el 20 de julio de 2017, el Consejo de Estado publicó el Plan de Desarrollo de la Inteligencia Artificial de Nueva Generación, con una meta explícita y fechada: convertir a China en la potencia líder de la IA en 2030.

Tuvieron que pasar 8 años, cuando el lunes 27 de enero de 2025, Nvidia perdió 589.000 millones de dólares de valor en una sola sesión, la mayor caída diaria de una acción en la historia de Wall Street. El detonante era DeepSeek, el proyecto paralelo de Liang Wenfeng, un gestor de fondos cuantitativos de Hangzhou cuyas compras de chips desde 2021 la industria había tomado por el capricho de un multimillonario. Su modelo R1, gratuito y de pesos abiertos, igualaba a los mejores sistemas americanos, y la empresa afirmó que entrenar a su antecesor costó 5,6 millones de dólares. La cifra puede que no cubra y la mayoría de los analistas la considera incompleta, pero el mensaje funciono: la inteligencia de frontera podía costar una fracción de lo que cuesta en EE.UU.

Lo que sigue es el estado de esa disputa a mitad de 2026, contado por sus frentes reales: modelos, silicio, electricidad, dinero, cerebros, aliados y robots.

 

Los años en que nacería esta revolución. La ventaja inicial fue estadounidense y viene de hace décadas. El Pentágono financió la investigación en redes neuronales desde los años 60 a través de DARPA. En 2012, 2 estudiantes de Geoffrey Hinton en Toronto ganaron el concurso de reconocimiento de imágenes ImageNet con una red neuronal entrenada en GPUs de Nvidia, y ese resultado movió a Google, Facebook y Microsoft a comprar laboratorios y contratar académicos en masa. Google pagó unos 500 millones de dólares por DeepMind en 2014. OpenAI nació en San Francisco en diciembre de 2015 como organización sin fines de lucro, con Sam Altman y Elon Musk entre sus fundadores.

China corría entonces otra carrera. Sus campeones de la década de 2010 fueron empresas de visión por computadora y voz, SenseTime e iFlytek entre ellas, que crecieron con contratos estatales de vigilancia y educación, y que Washington sancionó desde 2019. El plan de 2017 cambió la escala: gobiernos locales abrieron fondos de miles de millones, las universidades multiplicaron los programas de IA y los gigantes de internet (Alibaba, Tencent, Baidu, ByteDance) recibieron el encargo implícito de liderar sectores completos. El país aportaba 2 insumos difíciles de copiar: cientos de millones de usuarios generando datos dentro de superaplicaciones, y la mayor base manufacturera del mundo.

Dos sistemas quedaron definidos temprano. En Estados Unidos, el capital privado decidía qué se construía, en China, el Estado fijaba la dirección y la iniciativa privada competía por ejecutarla.

 

ChatGPT cambió el calendario. El 30 de noviembre de 2022, OpenAI presento ChatGPT y alcanzó 100 millones de usuarios en 2 meses, el producto de consumo de adopción más rápida hasta entonces. En Pekín, la fecha lo tomaron como una segunda alarma: los laboratorios chinos dominaban la visión por computadora, pero el salto de los modelos gigantes de lenguaje los había tomado a contrapié.

La respuesta fue caótica y masiva. Baidu presentó ERNIE Bot en marzo de 2023 con una demostración pregrabada que decepcionó al mercado. Le siguió lo que la prensa china bautizó como la guerra de los 100 modelos: para 2024, los reguladores habían aprobado más de 200 modelos de lenguaje. La mayoría murió rápido. Sobrevivieron los que encontraron un ángulo: Qwen, de Alibaba, apostó por los pesos abiertos y hoy es la familia de modelos abiertos más descargada del mundo, con decenas de miles de derivados en Hugging Face. Kimi, de Moonshot AI, se especializó en ventanas de contexto extralargas. Zhipu AI, nacida en la Universidad de Tsinghua, conquistó los contratos de gobiernos locales. Doubao, de ByteDance, se montó sobre el tráfico de Douyin.

Tras el susto de enero de 2025, la estrategia de precio de DeepSeek fue hacia los modelos abiertos bajo licencia MIT, arquitecturas Mixture of Experts que activan solo una fracción de sus parámetros en cada respuesta, y tarifas de API desde 0,28 dólares por millón de tokens de entrada, contra los 5 dólares de Claude Opus. A mitad de 2026, los modelos punteros siguen siendo americanos (las familias GPT de OpenAI, Claude de Anthropic y Gemini de Google encabezan los rankings de razonamiento y programación), pero la distancia se mide en meses, ya no en años. El DeepSeek V4 alcanza 80,6% en SWE-bench, el examen estándar de programación, a poca distancia de los líderes de la tabla.

La división abiertos contra cerrados también es geopolítica. Los laboratorios americanos protegen sus pesos, con la excepción de Llama, de Meta. Los chinos los regalan, pero en esa generosidad hay una lógica comercial: cuando una startup construye sobre Qwen o DeepSeek porque son gratuitos, el estándar técnico del sur global se escribe en China.

 

El cuello de botella. Los modelos se entrenan en chips, y la cadena que los produce es la geografía más concentrada de la economía mundial. Nvidia diseña los procesadores que entrenan casi toda la IA occidental; su plataforma de programación CUDA, con millones de desarrolladores, es la barrera de entrada más eficaz de la industria, y a fines de octubre de 2025 la empresa fue la primera de la historia en valer 5 billones de dólares. Pero Nvidia no fabrica nada: la producción física depende de TSMC, en Taiwán, que concentra cerca del 90% de los chips más finos del mundo.

Tambien hay otro monopolio. Las máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV), imprescindibles para fabricar por debajo de los 7 nanómetros con costos razonables, las produce una sola empresa, la holandesa ASML, y cada unidad cuesta más que un avión comercial. Países Bajos, presionado por Washington, jamás envió una a China. Aguas abajo, los chips de IA necesitan memoria HBM, apilada en capas junto al procesador para alimentarlo a la velocidad que exige el entrenamiento; ese mercado lo dominan las coreanas SK Hynix y Samsung junto a la americana Micron. Y el empaquetado avanzado que une procesador y memoria, la técnica CoWoS, vuelve a depender de TSMC.

Washington convirtió esa concentración en arma. En octubre de 2022, el gobierno de Biden prohibió exportar a China los chips de IA más potentes y las herramientas para fabricarlos; las rondas posteriores cerraron resquicios y sumaron la memoria HBM. La respuesta china tiene 2 nombres: Huawei y SMIC. Su procesador Ascend 910C, fabricado en un proceso de 7 nanómetros a base de litografía convencional multipatrón, rinde en inferencia cerca del 60% de un H100 de Nvidia, según pruebas atribuidas a la propia DeepSeek. El costo es alto: producir en SMIC cuesta alrededor de un 50% más por chip que en TSMC, un sobrecosto que el Estado absorbe con subsidios. Donde falta potencia por unidad, China suma unidades: el CloudMatrix 384 de Huawei encadena 384 procesadores Ascend en un supernodo para competir con los clústeres americanos.

El bloqueo, con el tiempo, se volvió negociación. En diciembre de 2025, Trump autorizó la venta del H200 a China a cambio de un impuesto del 25% por unidad y rechazó exportar cualquier versión de la arquitectura Blackwell. Pekín respondió ordenando a los centros de datos estatales comprar más de la mitad de sus chips a proveedores locales. El Institute for Progress calcula que, si el veto se mantiene, Estados Unidos dispondrá en 2026 de 31 veces más cómputo de IA que China; si los chips degradados fluyen, la ventaja cae por debajo de 4 veces. La dependencia, eso sí, corre en ambos sentidos: sin Taiwán, la industria americana pierde su piso físico de un día para otro.

Gigavatios y hormigón. La segunda restricción física es la electricidad. Colossus, la supercomputadora de xAI en Memphis, opera más de 200.000 GPUs con 300 megavatios, el consumo de una ciudad mediana. El programa Stargate, anunciado en enero de 2025 por OpenAI, SoftBank y Oracle con un objetivo de 500.000 millones de dólares en 4 años, levanta su primer campus en Abilene, Texas. Microsoft pagó por reabrir un reactor nuclear en Three Mile Island. Las eléctricas ya son el cuello de botella de los nuevos centros de datos americanos, y los precios mayoristas de la energía suben en los estados donde se instalan.

China ataca el problema con planificación. El programa «Datos del Este, Cómputo del Oeste»(«East Data West Computing» en ingles) traslada centros de datos a las provincias interiores, junto a presas hidroeléctricas y parques eólicos, con pérdidas que asume el presupuesto público. El país instala más generación eléctrica nueva que el resto del mundo junto, y esa holgura le da un margen que las redes americanas envidian. La paradoja es exacta: Estados Unidos tiene los mejores chips y le falta corriente; China tiene corriente de sobra y le faltan chips.

 

Dos maneras de financiar la misma carrera. Del lado estadounidense, 2026 llevó el capital privado a cifras que ningún mercado había imaginado. En marzo, OpenAI cerró una ronda de 122.000 millones de dólares con una valoración de 852.000 millones, sobre ingresos anualizados de unos 24.000 millones. El récord duró poco más de 2 meses: el 28 de mayo, Anthropic levantó 65.000 millones en su Serie H a una valoración de 965.000 millones, con ingresos anualizados de 47.000 millones empujados por Claude Code y los clientes corporativos. Había empezado 2025 facturando 1.000 millones: multiplicó por 47 en 17 meses. En la misma ronda entraron Samsung, SK Hynix y Micron, los fabricantes de memoria: los proveedores compran acciones de su cliente para asegurarse de que la demanda no se detenga.

Elon Musk jugó su propia partida: en febrero, SpaceX absorbió xAI en una fusión de 1,25 billones de dólares, la mayor de la historia, con la promesa de centros de datos orbitales, y la empresa combinada debutó en el Nasdaq el 12 de junio. Alrededor de los laboratorios creció una industria de pico y pala: CoreWeave alquila GPUs por contrato, Oracle firmó con OpenAI un acuerdo de cómputo que la prensa financiera cifró en 300.000 millones de dólares a 5 años, Broadcom diseña aceleradores a medida y Palantir convierte los modelos en software operativo para bancos, fábricas y el Pentágono. Los 4 grandes de la nube planean en conjunto más de medio billón de dólares de inversión de capital para 2026.

Las cuentas también muestran el costo de estar en esta carrera. El folleto de salida a bolsa de SpaceX, revisado por Reuters, registró que xAI gasto unos 14.000 millones de dólares en efectivo durante 2025 mientras ingresaba 3.200 millones. OpenAI proyecta gastar 115.000 millones en 4 años y se valora a unas 35 veces sus ingresos. Más de un analista ya ha pronunciado la palabra burbuja, y la comparación con la fibra óptica de 1999 aparece en cada informe bancario: la infraestructura quedará, no todas las valoraciones.

Aunque es menor el dinero que financia la IA china, tiene sus propias reglas. El 16 de junio, DeepSeek cerró su primera ronda externa: 7.400 millones de dólares a una valoración cercana a 50.000 millones. Liang, su fundador, puso unos 3.000 millones de su bolsillo. Tencent y CATL entraron a través de una sociedad limitada sin acciones directas, sin voto y con 5 años de bloqueo. Solo un participante recibió acciones con voto: el Fondo Nacional de Inversión de la Industria de IA, el vehículo estatal. En la startup de IA más valiosa de China, la única voz externa con voto es el Estado. La bolsa completa el cuadro: Zhipu y MiniMax debutaron en Hong Kong el 8 y el 9 de enero, MiniMax cerró su primer día con un alza del 109% tras una sobresuscripción minorista de 1.830 veces, y ambas acumulan subidas de más del 300%. A eso se suma el tercer Gran Fondo de semiconductores, con 47.500 millones de dólares para la cadena de chips.

 

La batalla por los cerebros. El insumo que ningún subsidio fabrica es el talento, y aquí los datos incomodan a los 2 gobiernos. Según el Global AI Talent Tracker de MacroPolo, el 38% de los autores de NeurIPS 2024, la conferencia más selectiva del campo, hizo su pregrado en China, contra 29% cinco años antes. Las instituciones estadounidenses emplean al 59% de los investigadores de élite del mundo. La tercera cifra conecta las 2 anteriores: el 72% de los investigadores de punta formados en China trabaja hoy en Estados Unidos, y China retiene apenas al 11% de su propia élite.

El incentivo económico para captar estos cerebros es millonario. Cuando Mark Zuckerberg creó su laboratorio de superinteligencia en 2025, Sam Altman contó que Meta ofrecía bonos de contratación de hasta 100 millones de dólares a investigadores de OpenAI. En volumen, la balanza se inclina hacia el lado chino: la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual contabilizó 38.210 familias de patentes chinas de IA generativa entre 2014 y 2023, 6 veces más que las estadounidenses, y China publica más artículos científicos de IA que nadie, aunque Estados Unidos produjo 40 de los modelos notables de 2024 contra 15 chinos, según el AI Index de Stanford.

DeepSeek encarna el contraataque de Pekín: su equipo central, unos 100 investigadores, se formó casi por completo en universidades chinas, sin estrellas repatriadas de Silicon Valley. Y la política migratoria de Trump trabaja para Liang: la tarifa de 100.000 dólares que Washington impuso en septiembre de 2025 a las nuevas visas H-1B encarece justo el mecanismo que sostiene la ventaja. Una restricción migratoria dura dañaría a Estados Unidos más rápido que 5 años de sanciones a China.

 

Aliados, proveedores y no alineados. Ninguna de las 2 potencias juega sola. La coalición americana es una cadena de dependencias cruzadas: Taiwán fabrica (TSMC elevó su inversión en Arizona a 165.000 millones de dólares, aunque sus nodos más finos siguen en la isla), Países Bajos aporta la litografía, Japón los materiales y su apuesta Rapidus por los 2 nanómetros, Corea la memoria. El Golfo entró con la chequera: el fondo emiratí MGX invierte en OpenAI y en Anthropic, y Abu Dabi acogerá un campus Stargate de 5 gigavatios. India aporta usuarios (es uno de los 2 mayores mercados de ChatGPT) y exporta ingenieros. Europa regula primero y construye después: su Ley de IA entró en vigor en agosto de 2024, La francesa Mistral resiste como su único laboratorio de frontera y en la ronda récord de Anthropic no participó ni un fondo público europeo.

China contesta con precio, apertura y, desde hoy, con diplomacia institucional propia. Este 17 de julio, Xi Jinping inauguró en persona, por primera vez en las 9 ediciones del evento, la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái, con más de 1.100 empresas y unos 300 productos en estreno mundial. Un día antes, 29 países firmaron como miembros fundadores de la Organización Mundial de Cooperación en IA, un organismo intergubernamental con sede en esa ciudad que Pekín ofrece como alternativa a la gobernanza escrita en Washington. Ante António Guterres y una nutrida delegación rusa, Xi presentó los modelos de código abierto como un bien público global, prometió ayuda a los países en desarrollo y advirtió que la IA «no debe estar dominada por un solo país«.

La misma mañana, Moonshot AI estrenó su modelo Kimi K3, que según los primeros reportes compite con los mejores sistemas americanos. El mensaje y la mercancía viajan juntos: los modelos gratuitos chinos ya se instalan en ministerios, bancos y telecos de Asia, África y América Latina, y sus paquetes de infraestructura digital acompañan a la Franja y la Ruta. También tiene su propia palanca de presión: controla cerca del 90% del procesamiento mundial de tierras raras, los minerales de los imanes que mueven motores eléctricos y robots, y desde 2025 usa las licencias de exportación como respuesta a cada ronda de sanciones.

 

Robots: el frente donde la fábrica decide. La próxima fase de la competencia tiene cuerpo. Un modelo de lenguaje escribe informes; un modelo con brazos descarga camiones, y ahí la ventaja manufacturera china pesa con toda su masa. Según Counterpoint Research, más del 80% de los robots humanoides instalados en el mundo durante 2025 se desplegó en China. AgiBot, fundada en 2023 por un exingeniero de Huawei, sacó de fábrica su robot número 10.000 en marzo de 2026. Unitree vende su modelo G1 desde unos 16.000 dólares, se consigue en Amazon y prepara su salida a bolsa en Shanghái. TrendForce proyecta que los envíos globales rebasarán las 50.000 unidades en 2026, 7 veces más que el año anterior.

Estados Unidos responde con inteligencia y capital. Tesla convirtió líneas de su planta de Fremont para producir el Optimus, con arranque previsto para este semestre y un precio objetivo de 20.000 a 30.000 dólares. Figure despliega su modelo 03 en la mayor planta de BMW. Nvidia empuja Isaac GR00T, su plataforma de modelos fundacionales para robots, con la intención de repetir en robótica lo que CUDA logró en los chips. El Congreso ya trata el asunto como seguridad nacional: un proyecto de ley presentado en marzo de 2026 prohibiría el uso federal de robots de «adversarios extranjeros» y menciona por nombre a Unitree y AgiBot.

La cuenta de fondo es simple. Si la IA corporizada despega, gana quien fabrique motores, baterías, sensores y reductores a escala y bajo costo.

 

Quién gana, según dónde se mire. En ciencia de frontera, Estados Unidos conserva la delantera: sus laboratorios producen los modelos más capaces y concentran al 59% de la élite investigadora, aunque China domina el volumen de artículos y patentes y forma a la mayor cantidad de talento nuevo. En lo comercial, la ventaja americana es enorme donde hay margen: OpenAI factura unos 24.000 millones anualizados, Anthropic 47.000, y el 92% de las Fortune 500 usa productos de OpenAI. La IA china gana en escala pero pierde en caja: Doubao alcanzó 345 millones de usuarios mensuales y ERNIE suma 202 millones, pero MiniMax, con 236 millones de usuarios acumulados y el 70% de sus ingresos fuera de China continental, facturó 79 millones de dólares en 2025.

En lo industrial, la balanza se invierte: China fabrica los robots, los drones, los paneles y las baterías, y su red eléctrica crece al ritmo que la IA le exige. En infraestructura de cómputo, Estados Unidos mantiene una ventaja de un orden de magnitud mientras los vetos aguanten. En capital, el mercado americano moviliza sumas que China compensa con dirección estatal y paciencia. En datos, empate técnico con sesgos distintos: los laboratorios americanos exprimen la web abierta; los chinos, los registros de sus superaplicaciones.

El marcador, eso sí, esconde la pendiente. China recorta la distancia en modelos trimestre a trimestre, baja el costo de la inteligencia más rápido y ya demostró 2 veces que la escasez obliga a diseñar mejor. Liang lo dijo con una frase que Silicon Valley no olvidara: «El dinero nunca ha sido nuestro problema; el problema son los vetos a los chips».

 

2027, 2030, 2035: tres horizontes. Hacia 2027, la variable es financiera. Anthropic cerró su Serie H como paso previo a una salida a bolsa y OpenAI transita el mismo camino; esas cotizaciones pondrán precio público a la promesa de los agentes de IA. En paralelo, el Institute for Progress calcula que Estados Unidos dispondrá de 31 veces más cómputo que China si el bloqueo a Blackwell aguanta, y de menos de 4 veces si se relaja.

Hacia 2030, la fecha que Pekín se fijó a sí misma en 2017, la incógnita es la litografía: sin acceso a las máquinas EUV, la industria china seguirá pagando el sobrecosto de fabricar con herramientas de la generación anterior. Nadie serio publica probabilidades exactas sobre el desenlace: BCG describe un liderazgo americano vigente en modelos, talento y capital, con China ganando en costo y adopción, y Gregory Allen, exdirector del centro de IA del CSIS, calcula la ventaja en unos 18 meses. El vuelco exigiría algo drástico: una parálisis de TSMC, por bloqueo o por guerra, dejaría a SMIC como la fábrica avanzada más capaz que siga operando.

Hacia 2035, el tablero de la IA podría cambiar de naturaleza. China instaló el 54% de los robots industriales del mundo en 2024 y su densidad robótica rebasaría a la americana hacia 2030; si esa masa manufacturera se encuentra con modelos corporizados maduros, su dominio físico puede volverse dominio cognitivo. Y con independencia de quién lidere, la fractura ya está en marcha: 2 pilas tecnológicas con chips, modelos, nubes y reglas propias.

El resto del mundo tendrá que elegir por precio que por ideología.

 

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