Hace dos años (era el 30 de noviembre del 2022), algo inesperado sucedió:
comenzamos a conversar con una máquina.
No fue una máquina cualquiera, ni una de esas que hablan en tonos robóticos y mecánicos. ChatGPT apareció con palabras que parecían humanas, con un ingenio sorprendente y, sobre todo, con una capacidad para entendernos que nadie había visto antes.
Lo probamos con curiosidad.
“Escribe una receta”, pedíamos. “Hazme reír”. “Explícame qué es la vida”. Y ChatGPT respondía, siempre listo, siempre amable.
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Muy pronto, dejó de ser un simple experimento. Se convirtió en una herramienta. En algunos casos, incluso en un compañero.
En dos meses, ya tenía más de 100 millones de usuarios. Era como si todos hubiéramos descubierto un nuevo idioma, uno que podía ser hablado con ideas, datos, y sueños.
Las empresas lo abrazaron. Los estudiantes lo adoraron. Los creativos lo explotaron. Pero mientras el entusiasmo crecía, también lo hacía el temor.
En marzo de 2023, algo inesperado sacudió el mundo tecnológico. Una carta, firmada por grandes nombres como Elon Musk y otros líderes, apareció en los titulares. Pedían que todo se detuviera. Querían frenar el avance de estas inteligencias artificiales por seis meses, tiempo suficiente, según ellos, para pensar en las consecuencias.
¿Por qué? Porque, decían, no estábamos listos para lo que venía.
Pero no hubo pausa.
ChatGPT avanzaba, aprendía, mejoraba. Otros competidores entraron al ruedo: Google, Microsoft y algunos otros mas. Todos querían tener “su ChatGPT”. Todos querían un pedazo de esta revolución. Pero, entre todos, ChatGPT seguía siendo el favorito.
En el centro de todo estaba OpenAI, la compañía creadora, y Sam Altman, su CEO. Altman, el «evangelista» de la IA, se convirtió en la voz pública de esta revolución. Pero ni siquiera él estaba a salvo de la tormenta. En noviembre de 2023, de un día para otro, Altman fue despedido.
Fue un giro inesperado, casi cinematográfico. Los empleados protestaron, la industria se dividió, y Microsoft —uno de los grandes inversores de OpenAI— intervino. Cinco días después, Altman volvió a su puesto. Fue como una película de suspenso, pero real.
Mientras todo esto sucedía, ChatGPT seguía trabajando.
Ayudaba a redactar contratos, escribir guiones, resolver problemas matemáticos.
Pero debajo de esa superficie brillante, había preguntas inquietantes: ¿Cuántos trabajos desaparecerán porque una máquina ahora puede hacerlos? ¿Qué pasará cuando esta tecnología sea tan avanzada que no podamos distinguirla de nosotros mismos?
Y no era solo eso. También estaba el tema de los datos. Todo lo que le decimos a esta inteligencia queda guardado, analizado, procesado. ¿Quién tiene acceso? ¿Qué tan segura es esa información?
Hoy, dos años después, ChatGPT no solo es una herramienta; es un símbolo. Un recordatorio de lo lejos que hemos llegado y de lo mucho que nos queda por decidir. Nos mostró que la inteligencia artificial puede ser brillante, pero también imperfecta.
Quizás eso es lo más humano que tiene: es brillante, pero imperfecto.
Como nosotros.
La pregunta ahora no es qué puede hacer ChatGPT, sino qué haremos nosotros con esta nueva realidad.
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