SERIE: GRANDES MARCAS DEL POSICIONAMIENTOOpenAI: la historia de la empresa que cambio para siempre la inteligencia artificial¿Cómo un pequeño laboratorio de investigación, creado para desarrollar una inteligencia artificial en beneficio de toda la humanidad, terminó convertido en la empresa que lidera la mayor revolución tecnológica del siglo? Esta es la historia de OpenAI: una década marcada por decisiones audaces, conflictos internos, alianzas multimillonarias y una carrera que cambió para siempre el futuro de la inteligencia artificial.

historia de OpenAI

El viernes 17 de noviembre de 2023, Sam Altman recibió un enlace de Google Meet. Al otro lado de la pantalla estaba la junta directiva de OpenAI, reunida sin Greg Brockman, el presidente de la empresa. La llamada duró minutos. Los directores le comunicaron a Altman que estaba despedido. El comunicado oficial llegó poco después, con una frase que la empresa nunca terminó de explicar: Altman «no fue consistentemente sincero en sus comunicaciones con la junta».

La empresa que un año antes había lanzado ChatGPT, el producto de consumo de adopción más rápida en la historia del software, acababa de echar a su director ejecutivo un viernes por la tarde. Sin avisar a Microsoft, su socio de 13.000 millones de dólares.

A partir de ahí, fueron 100 horas de caos minuto a minuto en redes sociales y salas de redacción. Brockman renunció esa misma tarde en solidaridad. Mira Murati, la directora de tecnología, asumió como CEO interina. El domingo por la noche, Satya Nadella, el CEO de Microsoft, anunció que contrataba a Altman y Brockman para dirigir un nuevo laboratorio de IA dentro de su empresa. Horas después, la junta nombró a un segundo CEO interino, Emmett Shear, ex director de Twitch, cuyo mandato duró menos de 72 horas.

El lunes, más de 700 de los 770 empleados de OpenAI firmaron una carta con una amenaza directa: o renunciaba la junta y volvía Altman, o se iban todos a Microsoft. Entre las firmas estaba la de Ilya Sutskever, el científico jefe y uno de los 4 directores que habían votado el despido. Esa mañana, Sutskever publicó en X su arrepentimiento por haber participado en la decisión.

El martes 21 de noviembre, Altman regresó como CEO. La junta que lo despidió quedó disuelta, con una sola excepción, Adam D’Angelo, y fue reemplazada por Bret Taylor y Larry Summers.

El nacimiento

En enero de 2014, Google compró DeepMind, el laboratorio londinense que concentraba buena parte del mejor talento mundial en aprendizaje profundo. Para un grupo de inversores y fundadores de Silicon Valley, la compra confirmó un temor: la carrera hacia la inteligencia artificial general (AGI, sistemas capaces de igualar o superar el razonamiento humano en casi cualquier tarea) quedaría en manos de una sola corporación.

Al temor comercial se sumó uno filosófico. El filósofo Nick Bostrom publicó ese año Superintelligence, donde argumentaba que una IA avanzada mal controlada era un riesgo para la supervivencia humana. En 2015, el Future of Life Institute difundió una carta abierta firmada por Stephen Hawking y Elon Musk, entre otros, pidiendo que la investigación en IA priorizara sistemas robustos y beneficiosos.

OpenAI fue la respuesta institucional a ese clima. El anuncio del 11 de diciembre de 2015 presentó un laboratorio sin fines de lucro, registrado como entidad en Delaware, cuyo estatuto lo obligaba a crear valor para toda la humanidad sin presión de accionistas. El equipo fundador combinaba dinero y cerebros: Altman, entonces presidente de la aceleradora Y Combinator; Musk, CEO de Tesla y SpaceX; Brockman, que dejó su puesto de CTO en Stripe; y Sutskever, discípulo de Geoffrey Hinton y estrella de Google Brain, a quien Musk convenció personalmente de abandonar Google. Los acompañaban investigadores como John Schulman, Wojciech Zaremba y Andrej Karpathy.


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El anuncio incluyó una cifra millonaria: 1.000 millones de dólares comprometidos por donantes de élite, entre ellos Peter Thiel, Reid Hoffman, Jessica Livingston, Amazon Web Services e Infosys.

La cifra era, en buena medida, teatro. Cuando OpenAI publicó en 2024 los correos internos de sus primeros años, como respuesta a la demanda de Musk, el registro mostró que el propio Musk argumentó que anunciar menos de 1.000 millones haría que la organización pareciera desesperada frente a Google, y prometió cubrir cualquier déficit. Según esa misma publicación, respaldada por los formularios fiscales 990 presentados ante el IRS, Musk aportó menos de 45 millones de dólares de su bolsillo, mientras otros donantes sumaron más de 90 millones.

Los años de los videojuegos

El video que OpenAI presento el 2019 donde se ve Dactyl, la mano robótica resolviendo el cubo Rubik.

Entre 2016 y 2019, OpenAI no trabajaba en chatbots. Su apuesta era el aprendizaje por refuerzo, una técnica donde el sistema aprende por prueba y error, recibiendo recompensas cuando acierta.

En abril de 2016 lanzó OpenAI Gym, un conjunto de herramientas de código abierto para entrenar y comparar estos algoritmos, que se volvió el estándar académico mundial. El equipo de robótica entrenó a Dactyl, una mano mecánica que aprendió en simulación a manipular objetos y llegó a resolver un cubo de Rubik con una sola mano.

El proyecto que cambió las expectativas de la industria fue OpenAI Five: 5 redes neuronales coordinadas jugando Dota 2, un videojuego de estrategia con información imperfecta y partidas de decenas de minutos. En abril de 2019, el sistema venció 2 a 0 a OG, el equipo campeón mundial.

Detrás del espectáculo había una hipótesis de trabajo: las leyes de escalamiento. La idea de que inyectar más cómputo y más datos a un mismo algoritmo produce saltos de capacidad, sin necesidad de rediseñarlo. Dota 2 la validó. También expuso el problema: cada experimento consumía cantidades enormes de servidores, y una organización benéfica que había recaudado una fracción de lo prometido no podía pagar esa factura por mucho tiempo.

La ruptura con Musk

Hacia 2017, el costo de computo se volvió importante. Entrenar redes cada vez más grandes exigiría un gasto anual de miles de millones en chips de NVIDIA. Musk sacó su propia conclusión: la única forma de competir con Google era integrar OpenAI a su imperio.

Según los correos publicados por OpenAI, a inicios de 2018 Musk propuso que el laboratorio se fusionara con Tesla o quedara bajo su control mayoritario. Altman, Brockman y Sutskever rechazaron la propuesta con un argumento tomado del propio manifiesto fundacional: entregar el control unilateral de una eventual AGI a una sola persona contradecía la razón de existir de la organización.

Musk respondió cortando el dinero. Dejó la junta en febrero de 2018, tras decirle al equipo que su probabilidad de vencer a Google era cero, y retuvo la financiación que había prometido. Reid Hoffman cubrió de emergencia las nóminas de los investigadores. En diciembre de 2018, Musk envió un último correo con un diagnóstico que resultó crudamente cierto: «Esto necesita miles de millones por año inmediatamente o pueden olvidarlo».

Aquí aparece la primera gran contradicción documental de esta historia, al menos en lo que se refiere al juicio entre Musk contra OpenAI y Altman. Durante años, Musk sostuvo en público que se fue de OpenAI por principios, en defensa del código abierto y contra la comercialización. Sus propios correos, presentados luego como evidencia judicial, muestran a un cofundador que intentó convertir el laboratorio en filial de Tesla y que, al fracasar, lo dejó sin fondos.

El equipo de OpenAI en 2023. De izq a der: Mira Murati, entonces directora de tecnología, Sam Altman, director ejecutivo, Greg Brockman, presidente; e Ilya Sutskever, entonces científico jefe en la sede OpenAI. (Foto: NYT)

Ganancias limitadas y el cheque de Microsoft

Sin Musk y sin dinero, Altman ejecutó en marzo de 2019 una jugada legal: OpenAI LP, una subsidiaria de «ganancias limitadas». Los inversores podían poner capital y recibir retornos, pero con un techo inicial de 100 veces lo invertido. Todo excedente iría a la entidad sin fines de lucro, que conservaba el 100% del control de la junta.

La estructura cumplió su propósito en 4 meses. En julio de 2019, Microsoft invirtió 1.000 millones de dólares, en gran parte como créditos de computación en Azure, y se convirtió en el proveedor exclusivo de nube de OpenAI. El acuerdo era simbiótico: OpenAI conseguía las supercomputadoras que necesitaba; Microsoft, la licencia comercial para integrar los modelos en sus productos y una apuesta para recuperar terreno frente a Google.

Con ese combustible, la serie GPT avanzó rápido. GPT-2 (2019) generaba texto tan coherente que la empresa retrasó su publicación completa por temor al uso malicioso. GPT-3 (2020), con 175.000 millones de parámetros, mostró que un mismo modelo podía ejecutar tareas para las que nunca fue entrenado específicamente. Codex (2021) llevó esa capacidad al código de programación y se volvió el motor de GitHub Copilot.

En enero de 2023, con la fiebre de ChatGPT ya desatada, Microsoft amplió la asociación con una inversión reportada en unos 10.000 millones de dólares, que elevó su apuesta total por encima de los 13.000 millones.

Evolución del logo de OpenAI desde su fundación hasta en la actualidad.

El experimento que rompió internet

El 30 de noviembre de 2022, OpenAI publicó ChatGPT como una «vista previa de investigación» montada sobre GPT-3.5. Dentro de la empresa, pocos esperaban gran cosa: la tecnología subyacente llevaba meses disponible para desarrolladores. Lo nuevo era la interfaz, una caja de chat gratuita que cualquier persona podía usar sin saber programar.

Esa caja de chat pulverizó todos los récords de adopción. Un millón de usuarios en 5 días. Según un análisis de UBS recogido por Reuters, 100 millones de usuarios activos mensuales en 2 meses, más rápido que TikTok y que Instagram. Los sistemas educativos entraron en pánico ante ensayos universitarios escritos por una máquina. Los programadores automatizaron el código rutinario. Y «ChatGPT» pasó a ser sinónimo de la categoría entera; «inteligencia artificial», un activo de marca que ningún presupuesto de marketing habría podido comprar.

En marzo de 2023 llegó GPT-4, capaz de procesar imágenes y de aprobar el examen de abogacía de Estados Unidos con notas de percentil alto. El laboratorio de investigación se había convertido en una máquina de productos. Esa transformación, celebrada por inversores y usuarios, incubó el conflicto que estalló 8 meses después.

El despido

La versión del despido de Sam Altman de noviembre de 2023 es casi un misterio. Lo que el registro permite reconstruir es el contexto: una fractura creciente entre quienes querían desarrollar productos al ritmo del mercado y quienes creían que la seguridad de la AGI exigía frenar.

Sutskever encarnaba la segunda posición. Helen Toner y Tasha McCauley, directoras independientes provenientes del mundo académico y de la gobernanza de IA, también. Meses después de su salida forzada de la junta, Toner declaró en entrevistas y podcasts que Altman había ocultado información al consejo durante años, incluyendo el hecho de que la junta se enteró del lanzamiento de ChatGPT por Twitter. Los aliados de Altman negaron esa caracterización, y una revisión externa encargada por la propia empresa al bufete WilmerHale concluyó en marzo de 2024 que el despido no respondió a preocupaciones de seguridad de producto ni de finanzas. Las dos versiones siguen enfrentadas y ningún documento público las ha zanjado.

Lo que sí quedó aclarado fue el diseño institucional. La junta reconstruida en 2024, presidida por Bret Taylor e integrada por figuras como el economista Larry Summers, respondía a un perfil corporativo clásico. Microsoft consiguió un asiento de observador sin voto. El comité de seguridad interno quedó poblado por ejecutivos cercanos a la gerencia.

El éxodo

La consolidación de Altman tuvo un costo silencioso que se hizo visible durante 2024. En mayo, Sutskever renunció y fundó semanas después Safe Superintelligence Inc., un laboratorio cerrado dedicado exclusivamente a construir una superinteligencia segura, sin productos comerciales de por medio. Días después de Sutskever renunció Jan Leike, codirector del equipo de superalineación (el grupo encargado de que sistemas más inteligentes que sus creadores obedezcan objetivos humanos), con una acusación directa: la cultura de seguridad había quedado relegada frente a «productos brillantes».

En agosto de 2024, John Schulman, arquitecto del aprendizaje por refuerzo que hizo posible ChatGPT, se fue al rival Anthropic para volver a la investigación de alineación. Y el 25 de septiembre de 2024, 3 altos ejecutivos renunciaron el mismo día: Mira Murati (CTO), Bob McGrew (jefe de investigación) y Barret Zoph (vicepresidente de investigación). Altman describió las salidas como «transiciones naturales e independientes». En febrero de 2025, Murati fundó su propio laboratorio, Thinking Machines Lab.

De los 11 cofundadores anunciados en 2015, hacia 2025 quedaban en la empresa esencialmente 2: Altman y Brockman. OpenAI ganó la carrera comercial y perdió, pieza por pieza, el núcleo científico que la había fundado.

Los tribunales

En febrero de 2024, Musk convirtió su resentimiento en litigio. Demandó a OpenAI, Altman y Brockman ante la justicia de California por fraude, enriquecimiento ilícito y violación del acuerdo fundacional: haber transformado una organización benéfica de código abierto en una filial de facto de Microsoft. OpenAI respondió publicando los correos de 2017 y 2018, y contrademandó en 2025, calificando el caso como acoso de un competidor (Musk había fundado su propio laboratorio, xAI, en 2023).

El juicio se celebró en Oakland durante 3 semanas, entre finales de abril y mayo de 2026, con testimonios de Musk, Altman, Brockman y Nadella, el CEO de Microsoft. El 18 de mayo de 2026, el jurado consultivo de 9 personas necesitó menos de 2 horas para fallar por unanimidad a favor de OpenAI: las reclamaciones de Musk habían prescrito, porque debió presentarlas años antes, cuando los cambios corporativos ocurrieron. La jueza Yvonne Gonzalez Rogers adoptó el veredicto y desestimó el caso completo, incluyendo los cargos contra Microsoft. Musk calificó la decisión de «tecnicismo de calendario» y anunció una apelación.

El frente judicial más peligroso para OpenAI está en la propiedad intelectual. En diciembre de 2023, The New York Times demandó a OpenAI y Microsoft por entrenar sus modelos con millones de artículos sin licencia y por reproducir pasajes casi literales. OpenAI se ampara en la doctrina del uso justo (fair use), que permite ciertos usos de obras protegidas cuando el resultado es transformativo. Decenas de demandas de autores y medios se consolidaron en un solo proceso federal en Nueva York.

De organización benéfica a gigante de 852.000 millones

Mientras el proceso legal seguía en marcha, OpenAI cambió por completo su estructura. En octubre de 2025, después de negociar con las fiscalías de California y Delaware, pasó a ser una Corporación de Beneficio Público (PBC). Esto significa que ahora es una empresa con fines de lucro, pero la ley también le exige tomar decisiones pensando en el beneficio público y no solo en generar ganancias.

La entidad benéfica original, rebautizada OpenAI Foundation, retuvo alrededor del 26% de la nueva corporación, lo que la convirtió en una de las fundaciones mejor dotadas de la historia. Microsoft quedó con cerca del 27%. El resto se repartió entre empleados e inversores, con una valoración de referencia de 500.000 millones de dólares.

El mercado respondió con dinero. El 31 de marzo de 2026, OpenAI cerró la mayor ronda de financiación privada de la historia: 122.000 millones de dólares con una valoración de 852.000 millones. Amazon comprometió 50.000 millones (35.000 de ellos condicionados a una salida a bolsa o al logro de la AGI), y NVIDIA y la japonesa SoftBank pusieron 30.000 millones cada uno. La empresa declaró ingresos de unos 2.000 millones de dólares mensuales y más de 900 millones de usuarios semanales de ChatGPT, con una oferta pública inicial en el horizonte.

A pesar de estas cifras millonarias, el negocio de OpenAI todavía pierde dinero, porque el costo de computación crece casi tan rápido como los ingresos. La empresa que en 2018 no podía pagar servidores para jugar Dota 2 hoy compromete cientos de miles de millones en centros de datos.

La competencia que cambió la carrera

El éxito de ChatGPT no dejó a OpenAI sola en la cima. Cada rival de peso surgió de una respuesta distinta a la misma pregunta: cómo competir con una empresa que había definido la categoría.

El competidor más serio de OpenAI nació de OpenAI. A finales de 2020, Dario Amodei, entonces vicepresidente de investigación, y su hermana Daniela dejaron la empresa junto a un grupo de investigadores por desacuerdos sobre el rumbo de seguridad tras la llegada del dinero de Microsoft. En 2021 fundaron Anthropic, una empresa de seguridad en IA que desarrolla la familia de modelos Claude y que popularizó la técnica de la «IA constitucional», donde el modelo se alinea a partir de un conjunto explícito de principios en lugar de solo retroalimentación humana caso por caso.

Anthropic hizo del argumento ético de OpenAI su propia bandera comercial. Mientras el laboratorio de Altman perdía a sus líderes de seguridad, varios de ellos, incluido John Schulman en 2024, aterrizaron en Anthropic. Esa diferenciación se tradujo en dinero a una velocidad extraordinaria. Según estimaciones de Sacra, la empresa alcanzó unos 47.000 millones de dólares de ingresos anualizados en mayo de 2026, apoyada sobre todo en el uso empresarial de sus API y en Claude Code, su producto para programación.

El respaldo llegó de los dos rivales más grandes de Microsoft. Amazon invirtió miles de millones y volvió a Claude disponible en su nube Bedrock; Google anunció en abril de 2026 una inversión de hasta 40.000 millones. En mayo de 2026, tras una ronda récord, la valoración de Anthropic escaló hasta unos 965.000 millones de dólares, por encima de los 852.000 millones de OpenAI, y presentó una solicitud confidencial de salida a bolsa.

Google: el gigante que reaccionó tarde

OpenAI se creó en 2015 como contrapeso al dominio de Google en IA, y fue Google quien pareció dormido cuando ChatGPT explotó en 2022. La arquitectura Transformer que hace posible toda la IA generativa moderna la inventaron investigadores de Google en 2017. La empresa la tenía y no la convirtió en producto de consumo a tiempo.

La respuesta fue fusionar sus dos equipos rivales, Google Brain y DeepMind, en una sola división y lanzar la familia Gemini. Google tenía dos ventajas que ningún otro competidor podía igualar: océanos de datos propietarios de sus productos y hardware propio, los chips TPU, que lo liberaban de depender por completo de NVIDIA. Gemini se convirtió en el único modelo capaz de igualar de forma sostenida la escala multimodal de los modelos de OpenAI, y la posición de Google se reforzó además desde afuera, a través de su apuesta financiera por Anthropic.

El frente de batalla también viene desde China

La competencia más disruptiva para el modelo de negocio de OpenAI no vino de Silicon Valley, sino de un laboratorio chino que casi nadie tenía en el radar. A inicios de 2025, DeepSeek publicó un modelo de razonamiento, R1, entrenado por una fracción del costo de un modelo occidental equivalente, según sus propias cifras. La noticia provocó una caída histórica en las acciones de empresas de IA estadounidenses en una sola jornada. El mensaje incomodó a toda la industria: quizá no hacía falta gastar decenas de miles de millones para alcanzar la frontera.

DeepSeek logró ese resultado precisamente por una restricción. Desde 2022, Estados Unidos veta la exportación a China de los chips más avanzados de NVIDIA, una política que OpenAI apoyó al presentar sus modelos como activos estratégicos nacionales. El bloqueo empujó a los laboratorios chinos hacia la eficiencia algorítmica y hacia la distribución de código abierto. Para 2026, la carrera china ya no dependía de un solo nombre: junto a DeepSeek compiten Qwen de Alibaba, Kimi de Moonshot, Doubao de ByteDance y ERNIE de Baidu, muchos de ellos con pesos abiertos que cualquier empresa del mundo puede descargar y desplegar sin pagar suscripción.

La película que Amazon guardó en un cajón

Luca Guadagnino, el director italiano que filmo «Artificial», la pelicula sobre Sam Altman y el episodio del despido del 2023

 

La historia del fin de semana de noviembre de 2023 resultó tan cinematográfica que Hollywood la filmó. La pelicula se llama Artificial, dirigida por Luca Guadagnino y escrita por Simon Rich, con Andrew Garfield como Altman, Ike Barinholtz como Musk y Yura Borisov como Sutskever, reconstruye los días del despido y el regreso. Amazon MGM Studios financió la producción, de unos 40 millones de dólares.

El 27 de febrero de 2026, Amazon anunció una asociación con OpenAI que incluía la inversión de hasta 50.000 millones de dólares y un contrato de nube de 38.000 millones. Unos 4 meses después, a mediados de junio, Amazon se deshizo de la película casi terminada, con un comunicado que afirmaba que el filme «estaría mejor servido» en otro estudio.

A pesar que Variety reportó que las proyecciones de prueba habían sido positivas, Amazon no quiso emitirla. Todo indica que esta decisión es una autocensura de un estudio que acababa de invertir 50.000 millones en el protagonista de su propia película.  El 30 de junio de 2026, el distribuidor independiente Neon, responsable de Parasite, compró los derechos mundiales y anunció estreno este año, con campaña de premios incluida.

El impacto económico global

Medir el impacto de OpenAI solo por su valor en el mercado deja de lado lo más importante: el cambio que su tecnología ha provocado en la forma de trabajar de millones de personas y empresas.

En la programación, las herramientas derivadas de Codex automatizaron el código repetitivo y permitieron que un solo desarrollador produjera lo que antes exigía un equipo. El efecto sobre el empleo fue de doble filo. Aumentó la productividad de los programadores experimentados y, al mismo tiempo, redujo la demanda de perfiles junior, alterando la puerta de entrada tradicional a la profesión. Lo mismo ocurrió -con menos o más titulares- en la redacción publicitaria, el soporte al cliente y en diseño creativo.

En el otro extremo, por ejemplo, en agricultura, organizaciones que trabajan con pequeños productores en India y África usaron modelos de OpenAI para abaratar servicios de asesoría técnica que antes eran inviables por su costo. En el sector público, el gobierno de Albania empleó estas herramientas para procesar miles de páginas de legislación con las normas europeas, acelerando todo el proceso  que de otro modo habría tomado mucho mas tiempo. En medicina, redes hospitalarias integraron modelos de lenguaje en tareas de triaje y apoyo diagnóstico.

La capacidad de desarrollar y operar grandes sistemas de inteligencia artificial, conocida como capacidad de cómputo, se ha convertido en un recurso estratégico para los países, tan importante como la energía o la capacidad industrial. Sin embargo, el éxito todavía no está garantizado. Aunque OpenAI está invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en infraestructura, la empresa aún no es rentable y, como hemos visto a lo largo de este artículo, se enfrenta a una competencia cada vez más intensa.

 

Valoración privada

852.000 millones de dólares estadounidenses. Esta cifra corresponde a la ronda de financiación anunciada el 31 de marzo de 2026, en la que la compañía recaudó 122.000 millones de dólares en nuevo capital. (OpenAI, aun no cotiza en la bolsa.)

 

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